LAS HERIDAS DE LA INFANCIA
Te invito a que conozcas un poco más de esta apasionante rama de la psicología, la cual explica muchas de nuestras conductas durante la edad adulta.

¿Qué son las heridas de la infancia?
¿Alguna vez te has preguntado por qué caes en patrones repetitivos que son perjudiciales para ti, para tus objetivos de vida y también para tus seres queridos? Aunque los seres humanos somos muy complejos, y son muchos los factores que influyen en nuestro comportamiento durante la edad adulta, la mayoría de nuestras conductas aprendidas tienen su origen en la niñez.
Decir que la infancia es determinante para nuestro futuro es tanto como decir que respirar es necesario para vivir. Lo cierto es que, durante la niñez – e incluso durante el periodo de gestación – cada uno de nosotros experimentamos en forma muy dolorosa por lo menos un evento que, aunque no haya sido tan grave, marca el temperamento y las conductas que mostramos a lo largo de nuestras vidas. Estos eventos traumáticos son conocidos como heridas de la infancia.
Autores
El concepto de las heridas de la infancia es relativamente nuevo en los campos de estudio psicológicos. Fue esbozado primero por Wilhelm Reich (1897-1957) y más adelante por su discípulo Alexander Lowen, (1910-2008). Ambos estaban interesados en las circunstancias traumáticas que vivimos en la infancia, así como en sus concecuencias sobre la formación del carácter del adulto.
Más tarde, el concepto fue popularizado por los trabajos realizados por terapeutas como Lise Bourbeau (1941), autora del libro Las 5 heridas que te impiden ser tú mismo, entre otros y el psicólogo y teólogo John Bradshaw (1933-2016), quiene escribió Volver a casa: recuperación y reivindicación del niño interior.
Las cinco heridas de la infancia
Lise Bourbeau y John Bradshaw, junto con algunos otros autores son quienes más han estudiado el tema. Coinciden en que hay cinco heridas de la infancia, y que éstas se experimentan cronológicamente, desde la concepción hasta, más o menos, los primeros seis años de vida:
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Herida de rechazo
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Herida de abandono
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Herida de traición
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Herida de humillación
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Herida de injusticia
Antes de hablar de cada una, es importante señalar que las heridas de la infancia tienen más que ver con la forma en la que vivimos el momento que la causó, que con la magnitud del hecho en sí mismo. Esto es más notorio en las primeras fases de vida, a las que corresponden las heridas de rechazo y abandono.
Aunque el cerebro tarda unos 20 años en madurar, el sistema nervioso es una de las primeras partes que se forma en un bebé. Por ello, pese a que no tiene aún la habilidad de razonar, en la etapa de gestación o a las pocas semanas de haber nacido sí percibe información a nivel sensorial, lo que en algún momento, le provocará una sensación de peligro que abrirá una herida. Es decir, aún aquella persona que haya sido bendecida con madre y padre amorosos y cuidadosos, tendrá alguna de estas heridas aunque sea mínima, pues cuando somos niños realmente no sabemos ni entendemos qué es lo que ocurre a nuestro alrededor, solo sabemos y entendemos cómo nos hace sentir el entorno.
Más adelante, el aprendizaje lleva al niño a desarrollar capacidades de discernimiento, las cuales a través de su interacción con su entorno cotidiando lo llevan a percibir situaciones en las que puede encontrarse el origen de las heridas de humillación, traición o injusticia. Nuevamente, la herida se abrirá en función de la intensidad de la vivencia, aunque conforme la persona avanza en su infancia, su entendimiento se hace cada vez más sofisticado, lo que influye en la aparición, pero también en la contención de nuevas heridas.
La herida de rechazo
En algún momento tod@s hemos sido rechazados, ya sea por nuestro aspecto, creencias, opiniones, condición social, por nuestras habilidades o falta de ellas, o simplemente porque alguien nos pidió – no siempre de la mejor forma – que nos fuéramos a… otra parte.
Aunque el rechazo es frecuente en la convivencia social, eso no necesariamente produce una herida. La herida de rechazo surge como consecuencia directa del desprecio que, sobre todo como bebés en gestación o en nuestros primeros días de vida, experimentamos por parte de mamá y, en algún grado, de papá. Cada ser humano somos portadores de esta herida, aunque sea en grado mínimo.
Según la teoría psico corporal, la herida de rechazo ocurre durante la gestación o en los primeros días de vida. Eventos como una enfermedad, un accidente, o una discusión fuerte entre mamá y papá, la sensación en la mamá de no ser suficientemente apta para la maternidad, o una situación mucho más drástica como un intento de interrumpir el embarazo, son percibidos por el sistema nervioso como un mensaje de no ser bievenid@ a la vida. El bebé no guardará esta memoria en su conciencia, pero inconscientemente sí tendrá la vivencia de rechazo y más adelante en la vida, hará lo posible por evitar que se repita, muchas veces con resultados que recrean este rechazo, cuya sensación nuclear es “me rechazan porque no tengo derecho a existir”.
No todas las heridas de rechazo tienen este origen. También puede aparecer más adelante en la infancia, como consecuencia de invalidaciones reiteradas por parte de compañeros de la escuela, amistades, familiares cercanos o profesores. Esto quiere decir que la herida de rechazo puede surgir en un contexto social, lo que tiene mucha trascendencia para el desarrollo de la niña o el niño, que en esta fase necesita justo lo contrario: que se le incluya a partir de los aspectos positivos de su personalidad.
Siendo muy sintéticos, puede decirse que quienes presentan herida de rechazo son usualmente personas aisladas, introvertidas, solitarias, sumamente reflexivas, poco capaces de expresar sentimientos y a las que les cuesta mucho relacionarse. No aceptan elogios, pero, en cambio, hasta la crítica más constructiva se la toman como algo insultante y personal. Esto, sumado a su perfeccionismo, provoca que los demás, que perciben con normalidad el entorno, piensen que son hostiles, cuando realmente solo se están protegiendo.
La herida de abandono

La herida de abandono es una de las más comunes y suele dejar una huella muy profunda. Ocurre entre los primeros meses de vida y el año y medio. En ese momento cualquier situación de abandono -real o imaginado, pues las heridas ocurren tanto por hechos reales y verificacbles, como por percepciones y conclusiones del niño- se interpreta como un peligro letal para la supervivencia. En ocasiones es un abandono real, pero en otras puede ocurrir que mamá está presente, pero no puede, quizá por depresión post parto, hacer un contacto profundo con su bebé. O, para garantizar la subsistencia de su hijo, mamá tiene que salir a trabajar y dejarle al cuidado de alguien más. Aunque estas dos últimas no son situacuones de real abandono, el pequeño así lo percibirá.
El resultado de la herida de abandono es una duda profunda acerca de nuestro derecho a que nuestras necesidades sean satisfechas, que se quedará en el inconsciente con efectos visibles en el carácter y en las conductas, incluso aunque el abandono sea reparado. Es decir, aunque volvamos a ver a mamá y a papá en la noche o, en el caso más extremo de un recién nacido abandonado en la calle, ella o él sean adoptados por una familia, la experiencia primaria resulta imborrable. También es importante notar que muchas veces, los padres y madres que provocan herida de abandono fueron víctimas de lo mismo.
Cuando hay herida de abandono el infante aprende a “no merecer” nada bueno, ya sea respeto, reconocimiento, cariño o, sobre todo, amor. Por esta razón puede ser víctima fácil de abusos, o bien hacer hasta lo imposible por llamar la atención. Ambas actitudes en el fondo disfrazan su deseo de no volver a ser abandonado, y por lo general a eso es exactamente a lo que conducen mientras no se tenga consciencia de la herida.
Otra de sus manifestaciones es la adicción. Como esta herida se produce en la llamada etapa oral, que va aproximadamente de las primeras semanas al año y medio de nacido, es común que se presente oralmente a través de fumar, beber, comer y otras adicciones, o hablar mucho.
La herida de traición

Los niñ@s tienen una enorme inteligencia, y aunque no puedan expresarlo o explicarlo correcta o completamente, saben muy bien distinguir entre la agresión que ocurre como consecuencia de un error o de un mal momento, y la agresión que se dirige sistemáticamente en su contra, porque no cumplen con la expectativa de que su niño no sea débil, vulnerable ni cometa errores -que, claramente, son por completo normales y un derecho de todo ser humano, especialmente en etapas de dedsarrollo..
Es la segunda, producto de las limitantes de carácter o, en casos más perniciosos, de las estrategias de los padres o las personas cuidadoras, las que originan la herida de traición.
Sabedores de que la labor de mamá y papá es protegerlos, la niña o el niño se sienten altamente traicionados al percatarse de que alguno de los dos, o los dos, no solo no cumple con su principal responsabilidad hacia ellos, sino que abiertamente actúan en un sentido totalmente opuesto.
El niño puede darse cuenta cuando hay incumplimiento frecuente de promesas con la intención de manipularlo, cuando se revelan detalles íntimos de su persona o su vida en familia, o cuando se le deja de lado para satisfacer intereses o deseos de otras personas. Asimismo, percibe con claridad quese le utiliza y se ponen sobre él/ella expectativas poco realistas.
Estas situaciones, además de que lo llenan de vergüenza, lo van orillando a evaluar y juzgar no solo el daño que la traición le está causando, sino cualquier circunstancia que represente un riesgo potencial. De ahí que el principal rasgo de esta herida sea la desconfianza hacia todo y todos los que le rodean, y el deseo de controlar su entorno como mecanismo de protección, ya que alguna vez le fue negado su derecho a afirmar su autonomía.
En la herida de traición es muy claro que no hay malosentendidos o exageraciones por parte de los niños, puesto que comprenden que una cosa es sentir decepción ante una promesa que involuntariamente no se pudo cumplir, y otra una actitud que, sin importar sus objetivos, lastima la relación de confianza que debe tener con sus progenitores.
La herida de humillación

Esta herida se recibe cuando, hacia los tres años, el niñ@ comienza un proceso de auto afirmación -alrededor de los tres años- y sus iniciativas de ser él/ella mism@ son aplastadas por una mamá que necesita sentir que controla a su hij@.
La sobre protección también se encuentra en la génesis de esta herida: obligar al niño a comer aunque no quiera, metiéndole a fuerza la cuchara en la boca; tratar de controlar cómo y cuándo va al baño y qué hace ahí; no dejar que el pequeño tenga espacios personales, sino invadirlo en todo. El niño tiene la sensación de estar prisionero y al mismo tiempo, sabe que necesita a su madre para sobrevivir, lo que lo lleva a desarrollar una vinculación doble entre el amor y la rabia. Es como un cachorro que vive “con la cola entre las patas” o dicho de oyro modo, un niño bueno que se somete cuando preferiría decir que no, sin poder auto afirmarse
Durante la infancia las mayores figuras de autoridad son mamá y papá; incluso en la edad adulta (no siempre en forma consciente) los hijos nos creemos todo lo que los padres nos dicen, y sus palabras influyen en nuestro estado de ánimo. Ahora imaginemos eso mismo en un niño, y entenderemos el peso enorme que sus ideas tienen en nuestro desarrollo psicosocial. Lo que nuestros padres a veces ven como una crianza eficaz, incluso virtuosa, muchas veces no hace más que contribuir al desarrollo de la herida de humillación.
La herida de injusticia
La última herida de la infancia en abrirse es la de injusticia. Se forma cuando la niña o el niño tienen ya 5 años y manifiestan su amor por el progenitor del sexo opuesto, siendo rechazados, pues estas muestras de cariño vienen cargadas de expresiones físicas que normalmente ponen nervioso a un adulto que no tiene bien trabajada su propia sexualidad -o sea, a la mayoría- (a las nenas les encanta que papá les haga caballito y frotarse con la pierna de él, o a los niños varones les gusta tocar las piernas de mamá, por ejemplo). Los niñ@s pronto comprenden que los sentimientos “lindos” del corazón son bienvenidos, pero las expresiones físicas -que el adulto ve relacionadas con energía erótica-, no.
Desde luego, a esa corta edad ningún niño sabe nada sobre energía erótica ni sexual, pero la incomodidad de los padres no les pasa inadvertida y deciden “dividirse” lo que, en la edad adulta, se manifestará como una escisión entre su entrega amorosa y su entrega sexual.
También puede ocurrir durante este periodo que los padres pongan muchas expectativas en sus hijos, los inscriban a muchas clases extra escolares y les obliguen a ser exitosos y destacar en todo: La mejor bailarina de su clase de ballet; ser parte de la escolta; el jugador más valioso del equipo de futbol y, muy importante, el mejor promedio en la escuela y la mejor conducta en cualquier circunstancia social.
Cuando se presenta, la herida de injusticia nos conduce a tener dificultades para sentir profundamente y expresar sentimientos, y para pedir ayuda; a ser exageradamente rigurosos y perfeccionistas como una forma de compensar la sensación de inferioridad que produce el trato desigual; y a ser muy sensibles ante la crítica.
Heridas de la infancia y máscara

De acuerdo con la teoría psicocorporal cor energética, una vez que las heridas de la infancia se han abierto en nosotros, el ego entra en acción y nos provee de una máscara, creyendo que servirá para protegernos del dolor que nos causa la herida, cuando en realidad lo único que va a lograr es que mantenerla y abrirla más, mientras la alimenta con aquello que justamente desea evitar. Cabe señalar que, a mayor tamaño de la herida, más rígida y persistente será la máscara.
En este punto es fácil advertir que tod@s tenemos más de una herida, que cada una se manifiesta con distinta fuerza, y que la combinación de herida y máscara con sus respectivas intensidades es clave para definir nuestro temperamento y conductas particulares ante la vida. Aquí algunos ejemplos:
Para la herida de rechazo la máscara es la retirada: Ante cualquier situación emocionalmente amenazante, quien tiene esta herida optará por irse, ya sea física o energéticamente, poniendo sus pensamientos y su poderosa mente en otro lado
La máscara de la herida de abandono es”No necesito”. Como aprendió que sus necesidades no serán satisfechas, fingirá que no las tiene y, al mismo tiempo, usará muchos recursos para sí lograrlo (llamar la atención, vampirizar energía, etcétera)
La máscara del controlador cubre la herida de traición. Los controladores tienen una personalidad fuerte y demandante, creen que la razón siempre los asiste y por eso buscan someter a todos a sus puntos de vista. Los límites de los demás tienen escaso o nulo valor para ellos.
En el caso de la herida de humillación se lleva la máscara del sometimiento: Son personas que aparentemente dicen sí a todo, pero en secreto llevan la cuenta y sólo esperan un día poder cobrar lo que piensan que se les debe.
La herida de la injusticia tiene como resultado la máscara de la rigidez. Estas personas buscan ser tan frías y eficientes como sea posible, buscando satisfacer exigencias excesivas que al principio fueron de mamá o papá pero que ahora han hecho suyas. No les gusta mostrar sus emociones o pedir ayuda, valoran más lo intelectual que lo emotivo, y se les dificulta muchísimo admitir que están equivocados.
En conclusión, auto explorar nuestro ser interior para identificar la o las heridas de la infancia que están presentes en nosotros, y hacerlo con la intención de conocernos mejor, no de juzgar a nuestros padres, siempre es un primer paso necesario para alcanzar la sanación, y el primer paso en el camino de encontrar nuestro lugar en el mundo y propósitos de vida.